domingo, 24 de septiembre de 2017

EL ABRAZO DE LA TIERRA: CAPÍTULO 30. RESCATANDO LA LUZ


Capítulo 30

 

Rescatando la luz

 

Como el primer rayo del alba que cruza la mañana deshaciendo las intensas sombras de la noche, así un acontecimiento puede despertar un alma dormida, puede devolverle el aliento a una cordura perdida. Agnes renació levemente de sus temores cuando percibió que la vida de Artemisa se apagaba. De todos los errores que había cometido a lo largo de su existencia, aquél era el más aterrador, el más espantoso, el más estremecedor.

Mientras preparaba rápidamente la tisana que podía rescatar a Artemisa de las garras de la muerte, se esforzaba por recuperar los momentos que habían compuesto los últimos meses de su existencia; pero le parecía que su memoria había perdido su voz y que ya no quedaba nada allí donde debían resguardarse aquellos recuerdos que tanto se esforzaba por evocar.

De repente, todo lo que había vivido hasta entonces, todos esos momentos anegados en rabia, en rencor, en odio y en temor se le presentaron ante ella como si de un mar de sombras se tratase, como si no formasen parte de su vida, y no se reconocía en la mujer que los había vivido. Se preguntaba quién la había destruido tanto, dónde se hallaba su alma bondadosa y soñadora, dónde quedaba la estela de su nostálgico y tímido carácter. La mujer en la que se había convertido era el reflejo de todos sus miedos, pero ella ni siquiera los recordaba, no podía evocarlos ni tampoco sabía por qué había sentido tanto y tanto pánico.

Ser consciente de que había destruido a Artemisa (al soñado amor de todas sus vidas) le hacía sentir una potente sensación de desamparo que le destrozaba el alma. No pudo evitar que se apoderase de ella un llanto desgarrador que estuvo a punto de paralizarla irrevocablemente; pero Agnes luchó contra aquellas terribles emociones para poder elaborar con presteza y concentración el antídoto que Artemisa necesitaba.

Cuando ya estuvo preparada la medicina que podía curar a Artemisa, Agnes, ignorando la debilidad que inundaba su cuerpo, la tomó en brazos y la llevó hasta el rincón de la cabaña en el que tenía su estrecha, aunque confortable cama, y la tendió allí, arropándola con una manta y colocándole una mullida almohada bajo la cabeza.

Artemisa respiraba con dificultad y una creciente lentitud y Agnes sabía que su corazón también latía con una asfixiante debilidad que no era sino el reflejo de la misma muerte. Además, cada vez temblaba con más intensidad; lo cual desvelaba que la fiebre ya se había apoderado de todo su cuerpo.

Luchó contra la inconsciencia de Artemisa para que ella pudiese beberse la tisana que ella le había elaborado, pero Artemisa no la oía cuando la llamaba ni tampoco abría los ojos.

     Artemisa, por favor, despierta, despierta, despierta —le insistía con desesperación.

Al fin, Artemisa abrió sutilmente los ojos, pero no miró a Agnes en ningún momento. Estaba consciente, pero no reconocía el lugar en el que se hallaba y tampoco podía pensar. Sin embargo, sí pudo ingerir la cura que Agnes le ofrecía. Cuando al fin se hubo bebido aquella infusión que podía salvarla, volvió a cerrar los ojos y se durmió profundamente. Agnes sabía que a Artemisa le convenía dormir, pues aquel sueño sería reparador y le acariciaría el alma hasta deshacer las muestras de fragilidad que todavía se la ensombrecían.

Artemisa permaneció todo el día durmiendo. Agnes no se separó de ella en ningún momento. No cesaba de controlar el ritmo de su respiración y la velocidad de los latidos de su corazón. Ni siquiera se preguntaba por qué le importaba tanto la salud de Artemisa ni por qué deseaba con tanta fuerza que ella siguiese viviendo, pues el estado en el que se hallaba sumida también era una especie de locura que la apartaba de su entorno y de su tiempo. No podía recordar lo que había sucedido antes de que llegasen aquellas horribles horas y tampoco podía planear lo que haría cuando Artemisa despertase al fin recuperada.

     Némesis, debemos axudala —le dijo abrazando a su querida amiga—. Artemisa está tan maliña por culpa dunha enfermidade horrible que quere destruíla. Non podemos deixala soíña. Némesis, se eu puidese ser sempre así, sempre tan compracente... pero non sei nin sequera quen son e agora non lembro nada, Némesis.

Némesis se sobrecogió cuando detectó la inmensa inquietud que se desprendía de los ojos de Agnes y se derramaba de su dulce y aterciopelada voz. Tenía la sensación de que, aunque Agnes hubiese recuperado una pequeña parte de su cordura y de la noción de sí misma, todavía estaba en exceso confundida. Supo que Agnes ni siquiera se acordaba de que había sido ella quien le había ordenado que atacase a Artemisa.

Se apoderó de Némesis una terrible desorientación que desvaneció por unos largos instantes el brillo dorado de sus hipnóticos ojos. Se acordaba levemente de que Artemisa siempre había querido herir a Agnes y que Agnes estaba tan descontrolada y deprimida por culpa de Artemisa. Por eso no entendía por qué su querida amiga se apiadaba de aquella mujer que tanto estaba destruyéndola y que incluso deseaba matarla. Sin embargo, no fue capaz de insinuarle nada. Intuía que, en aquellos instantes, Agnes sería incapaz de comprender el lenguaje de sus ojos (aquel lenguaje que tan íntimamente las había comunicado siempre), puesto que parecía hallarse en una realidad muy lejana que en absoluto se vinculaba con la que juntas habían habitado.

Némesis también se preguntaba qué ocurriría cuando Artemisa despertase y se curase. A pesar de que le hubiese inyectado una cantidad de veneno tan ínfima, era consciente de que las consecuencias de su ataque eran en exceso peligrosas. No obstante, lo que más la sobrecogía era no poder intuir qué le sucedería a Agnes cuando todos los que la conocían se enterasen de lo que había acontecido con Artemisa. Si el odio que le profesaban todos se había acrecido brutalmente cuando se quemó la cabaña de Artemisa, no podía ni tan sólo figurarse qué podían hacerle a su querida amiga cuando la verdad quedase desvelada ante todos ellos.

     Que che pasa, miña Némesis? Pareces morriñosa e asustadiña. Non teñas medo. Eu non lle direi a ninguén que ti tamén odiabas a Artemisa. Todo foi un erro, Némesis, todo. Se Artemisa morre, eu non se que vou facer, e, se vive, eu só quererei morrer, pois non soportarei morar no seu mesmo mundo.

Agnes se sentía tan desvalida, tan confundida y desorientada en su propia vida que ni siquiera recordaba la existencia de Gaya, de Gilbert y de Neftis. Creía que se hallaba inmensa e irrevocablemente sola en aquel mundo lleno de sombras. Únicamente Némesis formaba parte de esa realidad que tanto la desasosegaba y la estremecía; una realidad que era el reflejo de la pesadilla más horrible y triste.

Si Agnes hubiese recordado que tanto Artemisa como ella conocían a Gaya, a Gilbert y a Neftis, entonces les habría pedido ayuda; pero ni tan sólo era capaz de evocar los instantes que habían compuesto los años que había morado en aquellos hermosos lares.

De pronto, cuando más sumida estaba en sus confusos pensamientos, oyó que alguien llamaba con insistencia e intranquilidad a la puerta de su cabaña. Como había olvidado que Gaya y los demás existían, se sobresaltó profundamente y, durante unos largos momentos, sólo creyó que era la misma muerte quien se había presentado a su hogar para llevarse a Artemisa.

Las sombras del ocaso habían comenzado a desvanecer la intensidad con la que el sol brillaba antes de que llegase la noche. Se había esparcido por el cielo un manto estrellado que destruía cualquier bruma que anhelase posarse sobre las copas de los árboles.

     Agnes, Agnes.

Una voz entrañable y muy acogedora la apelaba de forma inquisidora y a la vez extrañada. Agnes se levantó del suelo notando que el alma le temblaba de miedo y se dirigió hacia la puerta de su cabaña rogando que nadie descubriese que Artemisa se hallaba allí, dormida, enferma.

Cuando se encontró con la mujer que requería su atención con tanta insistencia, notó que una lluvia de recuerdos amenazaba con derramarse sobre su olvidadiza memoria; pero lo único que pudo descubrir fue que aquella mujer la conocía, la conocía mucho mejor que nadie, y sobre todo quería con intensidad y sinceridad a Artemisa. Recordó su nombre de pronto. Se llamaba Gaya. Gaya, Gaya... su sonar le provocaba ecos de sensaciones pasadas, ecos de recuerdos ya casi inasibles...

     Gaya... —musitó sobrecogida.

     Agnes, déjame pasar. Necesito hablar contigo —le exigió tomándola de los brazos y empujándola con delicadeza hacia el interior de su cabaña—. Agnes, sé que Artemisa está aquí. Dime qué ha ocurrido con ella. Dime dónde la tienes.

Gaya se expresaba con la voz llena de nervios. Hablaba con urgencia y desasosiego; lo cual profundizó el miedo que latía en el alma de Agnes; pero ella intentó mantenerse serena. En aquellos momentos, estaba totalmente convencida de que Artemisa no estaba enferma por culpa suya. Creía recordar con una nitidez espeluznante que la había encontrado desmayada en el bosque cuando había salido a bañarse.

     Sí, Gaya, Artemisa está aquí. Serénate, por favor. Yo te explicaré lo que ocurrió.

     Hazlo inmediatamente —la apremió Gaya intentando respirar con calma; pero estaba agotada por la velocidad a la que se había dirigido hacia la cabaña de Agnes—. Déjame verla, Agnes.

     Ahora está dormida. Necesita descansar.

     ¡Artemisa está enferma y precisa de cuidados que tú no puedes ofrecerle! ¡Dime qué le has hecho, Agnes! —le rogó alzando su mágica y entrañable voz. Agnes se sobrecogió al oír la triste forma como Gaya le hablaba.

     Gaya, yo no le hice daño a Artemisa. Nunca quise herirla, te lo prometo. Lo único que ocurrió fue que, cuando salí a bañarme esta mañana, la hallé tendida inconsciente entre los árboles.

Las palabras de Agnes abrieron en su corazón una pequeña y luminosa brecha que estuvo a punto de quebrar las sombras de tristeza y desconfianza que se lo inundaban, pero entonces recordó todas aquellas veces en las que Artemisa había asegurado que la depresión y la debilidad que habían desvanecido su vida no procedían ni de su cuerpo ni de su corazón, sino de alguien que la hería continuamente y le enviaba energías muy negativas y asfixiantes a través de rituales oscuros. Se acordó de todas aquellas ocasiones en las que Agnes le había demostrado con silentes miradas que Artemisa la aterraba profundamente. No, no podía creer en sus palabras, no podía, y mucho menos si continuamente su memoria se empeñaba en evocar aquella lastimosa mañana de primavera en la que Artemisa había acudido a su hogar pidiéndole ayuda y contándole que un agresivo incendio había devorado su cabaña. Gaya siempre había creído firmemente que había sido Agnes quien había prendido fuego a aquella morada tan entrañable. Además, la presencia de Némesis intensificaba la desazón y el malestar que se le esparcían por todo su ser cuando se acercaba a ella y sobre todo convertían en una realidad innegable todos los temores de Artemisa.

     No me importa que me mientas. Yo sé cuál es la verdad —le adujo apartándose de ella. Se dirigió rápidamente hacia la pequeña alcoba de Agnes—. ¿Qué le has hecho, maldita?

     Gaya, ya te lo dije... —intentó decirle, pero el miedo y la pena que le apretaban el corazón volvieron trémula su voz—. Ya te dije que yo nunca le haría daño a Artemisa.

Mas Agnes sabía que aquello no era cierto. No podía recordar con nitidez lo que había ocurrido desde que había conocido a Artemisa, pero era levemente consciente de que Artemisa siempre le había inspirado un pánico atroz y que en realidad sí había deseado vengarse de ella por haber destruido el amor que le profesaban todas las personas que formaban su vida. Mas todavía estaba tan confundida, tan aturdida por la locura, por su descontrolada enfermedad... Aquellos momentos le parecían invivibles, un sueño gélido y denso...

Gaya miró a Artemisa con una desesperación punzante. Agnes oyó cómo Gaya llamaba a Artemisa con una voz anegada en amor y muchísima tristeza.

     Artemisa, por favor, despierta. Despierta, cariño. Tenemos que irnos de aquí inmediatamente, cielo.

La suave y desesperada manera como Gaya llamaba a Artemisa le hizo entender a Agnes que estaba mucho más sola de lo que realmente sentía, le hizo descubrir que ella ya no formaba parte de la vida de aquellas personas que tanto la habían querido y comprendido.

Supo entonces que ella misma había sido la única que había provocado su abandono y su soledad. Ella había sido quien había derramado sobre la vida de aquellas personas tan buenas las sombras que habían oscurecido el brillo de sus días.

El odio que se profesaba a sí misma se tornó insoportable cuando fue plenamente consciente de que le había destrozado la vida a Gaya, a Gilbert, a Artemisa y a Neftis. Sí, les había destrozado la vida a unas personas inmensamente buenas y mágicas. Y lo había hecho impulsada sólo por el miedo a perderlos a todos y sobre todo por la locura, esa locura que nunca le permitiría ser feliz, dondequiera que se hallase. Entonces entendió que ya no merecía la pena que se esforzase por curarse si ya nunca más conseguiría que volviesen a confiar en ella, si se había desvanecido definitivamente aquel cariño que todos le habían entregado.

Entonces se prometió a sí misma que, cuando Artemisa despertase, cuando al fin aquella mujer tan mágica regresase a la vida, ella se marcharía, se marcharía definitivamente. No se esforzaría por recuperar las razones que podían impulsarla a vivir cada nuevo día. Permitiría que la insania la devorase, aceleraría la llegada de su muerte tomándose todo tipo de infusiones venenosas e incluso le rogaría a Némesis que le arrancase el alma, que la destruyese para siempre.

Se había perdido a sí misma, había perdido para siempre la estela de sus recuerdos. No deseaba seguir viviendo si apenas podía oír la voz de su mente, si no podía controlar ni sus movimientos ni sus pensamientos. No merecía la pena vivir si ella ya no estaba en sí misma, si los instantes de cordura eran cada vez más efímeros e imperceptibles.

La voz de Gaya la extrajo de sus confusos y a la vez nítidos pensamientos. Ya no tenía sentido seguir fingiendo. Gaya la conocía mejor que nadie, y, por mucho que intentase convencerla de que ella nunca había querido herir a Artemisa, Gaya siempre sabría que le mentía. No obstante, no deseaba rendirse tan fácilmente. Quería pedirle ayuda, pero no sabía cómo hacerlo y también creía que era inútil esforzarse por conseguir un poquito de comprensión y amor, pues ya no se lo merecía, ya no.

     ¡Dime por qué le has hecho esto! —oyó que le preguntaba Gaya con rencor, con desesperación y muchísima impotencia—. ¿Qué daño te ha causado a ti Artemisa? ¿Por qué la odias tanto?

     yo no le hice nada, Gaya, te lo prometo. La encontré desmayada en el bosque, ya te lo dije, y estoy intentando curarla.

     tus lágrimas te delatan, Agnes. Dime la verdad, por favor.

     Ésa es la verdad, Gaya. yo nunca le haría daño a Artemisa. Ni a Artemisa ni a nadie.

     Tengo que llevármela a mi casa.

     No, no te la lleves ahora. No le conviene que la movamos. Necesita descansar. te prometo que yo la cuidaré, Gaya. Créeme, por favor.

     Me cuesta muchísimo confiar en ti, Agnes. No estás capacitada para cuidar de nadie, ni siquiera de ti misma. Agnes, no sigas mintiéndome. Sé que has sido tú quien le ha hecho tanto daño a Artemisa. Le has destrozado la vida a una mujer que nunca ha deseado herirte, Agnes. Me parece que te has olvidado de que cada uno de nuestros errores conscientes tiene sus ineludibles consecuencias. Estás equivocándote, Agnes, estás equivocándote de modo irreversible, y todo el mal que has hecho se te devolverá multiplicado infinitamente.

Las palabras de Gaya estaban llenas de un rencor y de una frialdad que a Agnes le destrozaron el corazón. Aunque entendiese que Gaya se las había dirigido guiada por la inmensa preocupación que sentía por Artemisa, no pudo evitar que el alma se le partiese en miles de fragmentos que jamás podrían volver a unirse. Gaya había aniquilado con su actitud gélida y distante la última estela de confianza hacia la vida que le quedaba. A partir de aquel momento, siempre creería que se hallaría eternamente abandonada en cualquier parte y que nadie la querría jamás.

     Gaya, te prometo que no le haré daño a Artemisa —se limitó a asegurarle con una voz frágil.

     Así tiene que ser, Agnes.

Aunque Gaya no confiase plenamente en Agnes (sobre todo porque sabía que la enfermedad que padecía había deshecho casi por completo su carácter afable y nostálgico), no podía negar que en esos momentos hablaba con sinceridad y franqueza, pues, seguramente, Agnes era consciente de que, si hería a Artemisa o provocaba que su estado empeorase, nadie dudaría de que ella era la única responsable de todo lo que le ocurriese.

Gaya deseaba arrancarle a Agnes todos aquellos pensamientos que ella no se atrevía a transmitirle. Sabía que Agnes le ocultaba la mayor parte de los hechos que habían ocurrido. Cuando se asomaba a sus profundos ojos negros, podía atisbar el susurro de su desesperación, de la locura que latía en ella, del miedo que su severa presencia le inspiraba. Gaya era una mujer muy intuitiva, pero en aquellos instantes el poder de su sexto sentido estaba atenuado por la impotencia que le provocaba saber que Agnes había vencido a Artemisa y sobre todo ser consciente de que su queridísima Artemisa se hallaba tan cerca de la muerte.

Además, tenía la sensación de que, por más que la buscase, de la Agnes que ella había conocido apenas quedaban unos sutiles rescoldos. Sentía una rabia interminable cuando su razón le advertía de que Agnes había empeorado tanto por culpa de su negligencia y de su falta de decisión.

     Ha sido Némesis, ¿verdad? —le preguntó antes de salir de su cabaña—. es la última oportunidad que tienes para ser sincera conmigo, Agnes.

Agnes no le contestó. Era plenamente consciente de que, si le confesaba a Gaya lo que había ocurrido de veras, la separarían despiadadamente de Némesis e incluso creía que la matarían si descubrían que había atacado a Artemisa. No obstante, Agnes tampoco estaba totalmente segura de que los recuerdos que se albergaban en su titilante memoria fuesen ciertos. Estaba tan confundida que no distinguía entre la realidad y los deseos que durante meses habían latido en su alma.

     Ahora vendré con Gilbert y hablaremos sobre lo que ha ocurrido. Si le haces daño, si no la ayudas, nosotros lo sabremos. Si Artemisa muere, tú serás la única culpable.

Gaya decidió que volvería al hogar de Agnes junto a Gilbert para que la ayudase a trasladar a Artemisa a su casa. No deseaba que Artemisa permaneciese en la cabaña de Agnes durante más tiempo. Conocía los sentimientos de Artemisa y sabía que su miedo y su desesperación se intensificarían horriblemente si se despertaba y descubría que se hallaba tan cerca de Agnes, en aquel hogar tan anegado en energías absorbentes.

Entonces Gaya se marchó rápidamente. Agnes advirtió que en sus garzos ojos sabios resplandecía una potente llama de rabia y frustración. Incluso tuvo la sensación de que en realidad no conocía a la mujer que tanto desconfiaba de ella, que con tantos nervios y desasosiego le había hablado. Agnes Estaba cada vez más perdida en su propia vida. Era incapaz de imaginarse lo que le ocurriría a partir de aquellos momentos.

Gaya se dirigió raudamente al hogar de Gilbert. Cuando al fin llegó a aquella casa en la que siempre se había sentido tan acogida, Gilbert la arropó con una dulce y serena mirada que, sin embargo, apenas logró mitigar la impotencia y la ira que experimentaba.

Además, justo cuando se adentró junto a Gilbert en su morada, la naturaleza estalló en una desgarradora tormenta que deshizo por completo la sutil paz que había palpitado entre los árboles. Se desvaneció el tímido brillo de las estrellas y la oscuridad de aquel ocaso tan extraño, tan asfixiante y brumoso se volvió insondable.

     Némesis ha atacado a Artemisa.

     ¿Cómo? —le preguntó Gilbert mientras le servía a Gaya un plato de verduras.

     No quiero comer nada, Gilbert. Quiero que vayamos inmediatamente a la cabaña de Agnes y rescatemos a Artemisa de ese lugar.

     Ahora no podemos salir, cariño. Está lloviendo muchísimo y nos resultará muy difícil transportar a Artemisa hasta tu casa.

     ¡Yo no quiero dejarla sola allí!

     Pero ¿está viva, Gaya? —le preguntó sobrecogido intentando que la desesperación de Gaya no deshiciese la calma con la que anhelaba comportarse. Sabía que, al menos, uno de los dos debía permanecer sereno para que juntos pudiesen enfrentarse a aquellos horribles instantes.

     Sí, está viva, pero muy débil –le respondió Gaya empezando a llorar—. Lo que no entiendo es cómo es posible que no haya muerto.

     Agnes la ha salvado.

     Sí, pero no confío nada en Agnes, Gilbert. ¡Gilbert, tienes que devolver a Agnes al hospital cuanto antes! No puedes seguir negando la realidad. Agnes está muy enferma, Gilbert. La hemos perdido para siempre. No se halla en este mundo y se ha vuelto peligrosa. tienen que ingresarla...

     No me siento capaz de llevarla a ese sanatorio horrible. Si permito que la encierren en ese lugar, estaré matándola. Abandonarla allí es quitarle la vida.

     Agnes ya no tiene vida. Además, fuera del hospital tampoco la tiene. ¡Ya basta, Gilbert! ¡Haz que esta situación espantosa termine cuanto antes! ¡Yo ya no puedo más, Gilbert! ¡No puedo más, no puedo más, no puedo más...!

     De acuerdo, Gaya. Tranquilízate, por favor, cariño. Me ocuparé de Agnes cuando hayamos ayudado a Artemisa. Ahora lo que más nos interesa es curarla. Mañana, cuando amanezca, iremos a la cabaña de Agnes y...

     No, no, no, Gilbert, no. tenemos que ir esta noche mismo y vigilarla nosotros hasta que podamos llevárnosla de allí.

     Agnes la cuidará, Gaya.

     ¿Cómo es posible que confíes en una mujer que se halla completamente turbada? ¡Agnes está loca, Gilbert!

     Por favor, no hables así de ella —le pidió con una voz trémula. Entonces Gaya se percató de que Gilbert tenía los ojos llenos de lágrimas—. Quizá te parezca incomprensible, pero la quiero muchísimo. Quiero a Agnes como si fuese mi hija y no soporto que esté tan enferma. Si no me he sentido capaz de reconocerlo ni tampoco de cuidarla como se merece, es porque he sido cobarde, es porque no me atrevía a mirarla a los ojos y no encontrarla en su mirada.

     ¡Pues ya ves a dónde nos ha llevado tu cobardía, Gilbert!

     Agnes jamás le habría hecho daño a Artemisa.

     ¡Eso no es cierto! La odió siempre, desde que la conoció.

     No, Gaya. Nunca se odiaron. Se temieron la una a la otra porque Neftis...

     Neftis no tiene ninguna relación con lo que está ocurriendo.

     Por supuesto que la tiene. Fue Neftis quien convenció a Artemisa de que Agnes era peligrosa y fue Neftis quien le advirtió a Agnes de que Artemisa la temía y deseaba defenderse de ella. Fueron sus celos, su maldad, fue su envidia lo que destrozó la vida de Artemisa y de Agnes. Si nadie se hubiese entrometido en sus sentimientos, ellas estarían tan inmensamente unidas...

Las palabras de Gilbert la dejaron totalmente paralizada. Gaya no pudo decir nada. Sabía que Gilbert tenía razón, pero se creía totalmente incapaz de reconocerlo.

     Lo que debemos hacer es llevar a Agnes al hospital mañana mismo y después devolver a Némesis al lugar donde tiene que estar —aseveró Gaya.

     No voy a encerrar a Agnes en ese horrible sanatorio, Gaya. La traeré a mi casa y haré todo lo posible por curarla. Le prestaré toda la atención que no le dediqué durante estos meses y...

     Agnes nunca se curará, Gilbert. ya es demasiado tarde para ayudarla. Incluso creo que ha planeado quitarse la vida. Vi en un rincón de su cabaña una gran olla repleta de una tisana que despedía un intenso olor a cicuta.

Aquella repentina confesión le heló la sangre a Gilbert. No dudaba de su veracidad. Sabía que Agnes podía experimentar de repente unos intensísimos anhelos de morir. Ya había intentado suicidarse hacía unos meses...

     Tenemos que impedir que se haga daño a sí misma.

     Sinceramente, Gilbert, yo no le deseo la muerte a nadie, pero creo que lo mejor que puede ocurrirnos es que Agnes muera, que desaparezca para siempre.

     ¿Cómo es posible que digas algo tan horrible? —le preguntó incapaz de detener las ganas de llorar que sentía—. ¿Es que no la quieres? ¿Es que no recuerdas todo lo que compartiste con ella?

     La mujer que ahora existe en el cuerpo de Agnes no se asemeja en absoluto a la que tú y yo conocimos.

     Es la misma, pero necesita ayuda, Gaya.

     ¡Pues dásela tú! ¡Yo no quiero volver a verla nunca más!

     Cálmate, Gaya. Confía en la Diosa. Ella no permitirá que Artemisa muera.

Gilbert sabía que aquellas palabras lograrían serenar la intensa desazón que Gaya sentía. Cuando las oyó, Gaya se quedó quieta, luchando contra su decepción y su potente miedo hasta que, al fin, consiguió dominar sus descontroladas emociones.

     Iremos mañana a la casa de Agnes. No temas por nada. Estoy totalmente seguro de que todo saldrá bien, cariño —intentó animarla tomándola de las manos—. Ahora llueve muchísimo e intuyo que no dejará de hacerlo en toda la noche.

Justo en aquellos instantes, un relámpago iluminó las sombras que aquella tormenta había esparcido por doquier. Un poderoso trueno deshizo el silencio en el que cantaba la lluvia y llenó de sublimidad el corazón de aquellas dos personas que, estando tan unidas, sufrían por personas distintas. Era cierto que Gilbert quería muchísimo a Artemisa, pero Agnes era su hija. Estaba seguro de que, en otro tiempo, él había sido su padre y en aquellos momentos de su vida se arrepentía tanto de no haber sabido cuidarla...

     ¿Cómo lograremos separar a Némesis y a Agnes? —le preguntó Gaya con un susurro trémulo.

     Permitiré que Némesis venga con nosotros a mi casa y después llamaré a quien pueda devolverla a su verdadero hogar.

Gaya no le respondió. Sabía que, cuando Agnes sintiese que la arrancaban De la Vera de Némesis, los pocos ápices de su alma que habían resistido el embrujo de la locura se desharían para siempre. No podía imaginarse el dolor que ella experimentaría cuando descubriese que Némesis había desaparecido.

Fue una noche tan tensa... No dejó de llover mientras duró la vida de aquellas horas tan oscuras, tan húmedas, incluso tan terroríficas. La agresividad con la que los relámpagos iluminaban el cielo quebraba cualquier suspiro de paz que pudiese acomodarse en el silencio con el que el bosque anhelaba dormir a sus queridas flores. La voz del trueno resonaba incesantemente, haciendo temblar los muros de la casa de Gilbert. Parecía como si, en cualquier momento, aquel rugido tan ancestral y destructivo pudiese agrietar la tierra y deshacer la presencia de las lejanas montañas.

Gaya no pudo conciliar el sueño en toda la noche. Aunque se hallase protegida en la alcoba que Gilbert siempre le asignaba cuando se quedaba a dormir en su hogar, no dejaba de captar la intensidad con la que los relámpagos cruzaban el cielo, podía oír nítida y estremecedoramente cómo los truenos se esparcían con estridencia por todo el bosque y continuamente pensaba en Artemisa, en cómo estaría viviendo ella aquella noche tan sobrecogedora. Intentaba permanecer conectada a la voz de su intuición para captar cualquier presentimiento que pudiese musitar en su alma, pero su interior se había inundado de un profundo silencio que devoraba cualquier pensamiento y cualquier sentimiento.

En más de una ocasión, se sintió terriblemente tentada de abandonar el amparo que el hogar de Gilbert le ofrecía y correr hacia la cabaña de Agnes para asegurarle a Artemisa que no estaba sola y que ella la protegería siempre; pero, cuando estaba a punto de salir de aquella casa tan hermosa y acogedora, volvía a gritar el trueno con una violencia que le hacía temblar.

También fue una noche muy triste para Agnes. Desde que Gaya se había marchado llevándose consigo aquel amor que ella necesitaba tanto sentir, Agnes había tratado de comprender el significado de aquellos terribles momentos. No podía reconocerse en la mujer que Gaya creía que era. No obstante, aunque le resultase completamente imposible recuperar los recuerdos de los instantes que habían formado su pasado desde que Artemisa había aparecido en su existencia, enseguida supo que no podía abandonar a aquella mujer que tanto la necesitaba para seguir respirando.

Al instante se acordó de que la vida de Artemisa dependía totalmente de ella. Aunque supiese que las infusiones que la había obligado a ingerir habían anulado ya los efectos del veneno de Némesis, era consciente de que el alma de Artemisa pendía de aquel hilo frágil que sostiene los últimos suspiros de una existencia.

Agnes se esmeró en mitigar la intensidad de la fiebre que se había apoderado de Artemisa. La piel le ardía como si su interior se hubiese convertido en un impetuoso y destructivo volcán y como si su sangre en realidad fuese la lava que mana de la tierra cuando ni siquiera su profundo vientre se siente capaz de albergarla.

Mientras llovía con aquella violencia que estremecía incluso la oscuridad de la noche, mientras sin cesar los relámpagos iluminaban el cielo que cubría aquellas tristes horas y mientras la voz del trueno chillaba con impotencia deshaciendo el murmullo del silencio con el que el bosque anhelaba protegerse, Agnes se volcó en Artemisa como si aquéllos fuesen los últimos instantes de su vida. Sin embargo, Agnes sabía que nunca se prestaría a sí misma la atención que le entregaba a Artemisa. Continuamente le hablaba para tratar de rescatarla del profundo sueño que se había adueñado de su mente, la acariciaba en los cabellos para serenarla cuando notaba que ella se agitaba dormida, la llamaba con cautela y mucho cariño para asegurarle que no estaba sola... Agnes ni tan sólo se acordaba de que Artemisa la temía, de que, antes de aquellos desesperantes momentos, entre Artemisa y ella habían existido unos sentimientos tan dañinos. Artemisa se había convertido en su único presente, en su única realidad, en su único pasado, y Agnes creía que no tendría futuro si Artemisa no se curaba, si no lograba rescatarla de las garras de la muerte.

     Artemisa, por favor, cariño, despierta. Has de regresar, has de curarte. Lucha por tu vida, Artemisa. Cuando vuelvas, entonces yo ya podré irme, entonces ya no me quedará nada más por hacer en este mundo; pero tienes que recuperar tu alma y tu magia.

Némesis observaba a Agnes sintiéndose cada vez más estremecida de impotencia y tristeza. Le costaba muchísimo entender por qué a Agnes le interesaba tanto que Artemisa viviese cuando tanto la había herido, por qué para Agnes era tan esencial que Artemisa despertase si lo único que Artemisa experimentaba por ella era odio y temor; pero tampoco se atrevía a preguntarle nada a Agnes. Permanecía vigilándola preocupada en un rincón de la cabaña, siendo cada vez más consciente de que la vida que Agnes y ella habían compartido se había derrumbado para siempre. Incluso notaba latir en su corazón un incipiente miedo a que la separasen de Agnes. No deseaba que la arrancasen de su lado, pues sabía que, sin Agnes, no tendría a dónde ir, se quedaría sin hogar, sin amor, sin nada.

Mas, por mucho que aquella situación la inquietase y le destrozase el alma, Némesis no se separó de Agnes en ningún momento. Agnes notaba el cariño con el que su querida amiga la arropaba. Sabía que, si Némesis la hubiese abandonado justo en aquellos instantes, si no se hubiese hallado a su lado, entonces habría perdido definitivamente la sutil calma que le permitía cuidar de Artemisa y luchar por curarla. Incluso era consciente de que, si Némesis no la hubiese sosegado con sus profundos ojos áureos, ella habría sido capaz de aniquilarse a sí misma. No soportaba saber que Artemisa estaba a punto de morir por culpa suya.

Por más que se esforzase por despertarla y aunque consiguiese bajarle mínimamente la fiebre que tan vilmente la atacaba, Artemisa no abría los ojos. Ni siquiera le demostraba a Agnes, con sutiles gestos, que se hallaba en el mismo mundo en el que ella trataba de respirar. A Agnes la desesperaba hondamente percibir que las horas transcurrían sin que el aspecto sombrío y preocupante de Artemisa cambiase. Estaba tan pálida como la faz de la luna y el corazón le latía de forma casi imperceptible.

     Artemisa, por favor, vuelve —le pedía con la voz trémula acercándose tímidamente a ella y acariciándole los cabellos—. Necesito que regreses, necesito que sigas viviendo. Némesis, non esperta —le comunicó a su amiga comenzando a llorar.

Némesis le dedicaba en aquellos momentos una mirada anegada en súplicas. Parecía como si con sus ojos hipnóticos le pidiese: «ven conmigo, Agnes, y permite que Artemisa descanse. No te preocupes tanto por ella. Artemisa vivirá, te lo prometo. Ven, ven conmigo.»

Como si pudiese interpretar nítida y profundamente las silentes palabras que Némesis le entregaba a través de sus hermosos ojos dorados, Agnes se alejó de Artemisa y se sentó junto a Némesis, quien, en cuanto tuvo tan cerca a su querida amiga, la protegió en su cuerpo, envolviéndola como si anhelase apartarla del feroz rugido del trueno y del constante lagrimear del cielo.

Llovía con una intensidad desgarradora. Némesis y Agnes siempre habían adorado las tormentas, pero ambas sentían que, aquella noche, las asustaba hondamente el incesante musitar de la lluvia y los ecos que el trueno esparcía entre las montañas. Parecía como si el cielo se agrietase, como si toda el agua que moraba en lo más profundo de la tierra se hubiese concentrado en aquel firmamento en el que ya no brillaba ni la estrella más sutil.

     Némesis, síntome moi mal —le confesó Agnes empezando a llorar—. Non me recoñezo. Non se quen son. Non sei en que me convertín. Non podo soportar estas emocións que me oprimen o peito. Axúdame, Némesis, queridiña. Eu non quería facerlle dano a Artemisa. Non entendo por que está ocorrendo isto. Némesis, o único que me merezo é desaparecer ao fin. Odio o que son, Némesis, ódioo con todas as miñas forzas. Son absolutamente desprezable. Némesis, has de matarme. Mórdeme, mórdeme canto antes. Non quero estar aquí máis.

Némesis se sobrecogió al oír hablar a Agnes con tanto desprecio y tanta tristeza. Némesis captaba a la perfección los terribles sentimientos que anegaban el alma de su única amiga. Detectaba la desesperación, el odio, la rabia y la impotencia que la dominaban. No podía soportar que Agnes se sintiese tan destrozada. Necesitaba suplicarle que se sosegase, que no permitiese que el desaliento la hundiese tanto.

Némesis alzó la cabeza y hundió los ojos en la hipnótica y nocturna mirada de Agnes. Agnes creyó que Némesis estaba dispuesta a cumplir sus más desesperados deseos. Se acercó más a ella y volvió a rogarle, esta vez con un deje de ira tiñendo su suave y dulce voz:

     A que esperas, Némesis? Non me entendes? Quero que me mates, maldita sexa!

Los asfixiantes sentimientos que dominaban a Agnes le inspiraron a Némesis una repentina furia que ensombreció su mirada hipnótica, mas se alejó de su amiga antes de que aquella rabia la impulsase a herir al único ser en el que confiaba.

Agnes, sin embargo, no permitió que Némesis se distanciase de ella. La tomó muy suavemente del cuerpo y volvió a aproximarse a sus ojos. Némesis nunca la había percibido tan desesperada. Era cierto que la había acompañado en los momentos más terribles de su enfermedad, pero jamás había detectado tanto rencor en su mirada. Némesis no podía tolerar que Agnes se odiase tanto. Agnes era para ella la fortaleza que la instaba a vivir y a luchar por su existencia. Entre Agnes y ella existía un lazo mucho más fuerte que el que ata la lluvia al agua. Némesis sabía que, si Agnes perdía la valentía y la calma para siempre, ella se quedaría sin aliento y sin vida.

     Por favor, Némesis, axúdame. Só quero morrer. Has de inxectarme máis veriño que a Artemisa, soamente un pouquiño máis —le pidió sollozando desesperada, casi sin poder hablar—. Non permitas que siga sufrindo tanto, queridiña.

Entonces, en esos momentos, Agnes oyó la suave y delicada voz de Artemisa. Creyó que se hallaba inmersa en un sueño que en breve se desvanecería, pero Artemisa no dejaba de llamarla. Entonces supo que al fin ella había regresado. Estaba despierta.

     Artemisa —suspiró Agnes incapaz de creerse que aquel momento fuese real—. Némesis, Artemisa espertouse.

Némesis ya se había desplazado hacia la vera de Artemisa y en esos momentos le dedicaba una mirada anegada en curiosidad y extrañeza. Némesis no podía comprender cómo era posible que Artemisa llamase a Agnes con tanta desesperación después de todo lo que había ocurrido entre las dos. Además, estaba confundida por los terribles sentimientos que anegaban el alma de Agnes.

Artemisa no dejaba de llamar a Agnes con una desesperación muy frágil. Agnes detectaba en la voz de Artemisa demasiada debilidad y pánico; lo cual la desorientaba profundamente. Notó enseguida que Artemisa estaba completamente aterrorizada y que el pavor que experimentaba se intensificaba al saber que Némesis se hallaba tan cerca de ella. Así pues, tras agacharse junto a su amiga, le pidió con muchísima delicadeza y cariño:

     Némesis, queridiña, debemos permitir que Artemisa descanse. Aínda está moi debiliña.

     Agnes...

     Paréceme que dorme e ten un pesadelo, coitadiña...

     No, Agnes. Estoy despierta. Agnes, no puedo moverme. Ayúdame, por favor.

La forma como Artemisa le hablaba le hizo sentir de repente unas intensísimas ganas de llorar. Se derramaba de su voz tanto desconsuelo, tanto miedo, tanta fragilidad... y Agnes no podía olvidar, en ningún momento, que Artemisa estaba tan enferma por culpa suya. No podía dejar de tener presente que ella había aniquilado su magia y su energía vital. Sin embargo, se esforzó por ignorar los gritos que le lanzaba incesantemente la profunda y terrible tristeza que le inundaba el alma y, cuando Némesis hubo abandonado aquella acogedora alcoba, se acercó sigilosamente a Artemisa, quien la miraba como si en esos momentos Agnes tuviese en sus manos la prolongación de su existencia.

Agnes se sobrecogió inmensamente al darse cuenta de que Artemisa estaba completamente rendida a su voluntad. Dependía de ella como depende de la lluvia la vida de la naturaleza. Agnes no sabía cómo debía comportarse con Artemisa después de todo lo que había ocurrido con ella, después de haber compartido momentos tan delirantes y desesperantes.

     No puedo moverme, Agnes —le repitió con mucho más miedo que antes.

     Todavía estás dormida, Artemisa —le indicó ella colocándole con delicadeza una mano en la frente. Se estremeció cuando descubrió que la fiebre había vuelto a subirle brutalmente—. He de darte una tisana para que te baje la fiebre.

     Tengo que... tengo que ir al... tengo que ir al servicio —intentó decirle Artemisa con fortaleza, pero su voz sonó llena de temor, de timidez, de desesperación.

     Está lloviendo mucho, Artemisa. No creo que te convenga salir ahora...

     Pero...

     No te preocupes. Te traeré una bacinilla.

Aunque Agnes le hablase con muchísima dulzura y se dirigiese a ella como si Artemisa fuese el ser más frágil de la tierra, a Artemisa le parecía que en la voz de Agnes se escondían sentimientos punzantes y destructivos que deshacían el sutil soplo de ímpetu que pudiese albergarse en su alma. Además, creía que Agnes se burlaba de ella.

Mas lo que Agnes sentía se diferenciaba tanto de lo que Artemisa pensaba... Agnes se hallaba completamente sobrecogida. Creía que no se merecía que Artemisa confiase tan plenamente en ella y, además, tenía mucho miedo a que Artemisa advirtiese que estaba tan inmensamente desalentada y triste. No quería que Artemisa descubriese que en realidad aquella situación la desolaba muchísimo. Intentó, de repente, recuperar la valentía que le permitiría comportarse de forma imponente ante Artemisa, pero había perdido ya cualquier ápice de fortaleza que en su alma se hubiese albergado. Ya no era nada, nada, nada... sólo el rescoldo de una vida que únicamente se merecía convertirse en muerte.

Además, estaba completamente convencida de que ya no merecía la pena que se esforzase por aparentar una valentía que en realidad nunca le había brotado del alma. Le costaba mucho entender por qué su forma de ser había sucumbido a aquellos sentimientos que tan poderosa la volvían y que, sin embargo, tanto la destruían, tanto destruían la dulzura con la que los demás podían mirarla y tratarla. Había perdido por completo el rastro de aquel deseo de tornarse imponente y sabía que nunca más lo recuperaría, nunca más. Su verdadera identidad había resurgido con un vigor indestructible, pero lo había hecho revestida con la impotencia y la tristeza más absolutas.

Apenas se atrevía a hablarle a Artemisa. Agnes sólo se dirigía a ella a través de profundas y expresivas miradas que a Artemisa la intimidaban y la asustaban muchísimo más. En aquellos momentos, Artemisa creía que Agnes podía desvanecer su vida tan sólo con unas palabras o con una caricia. Cada vez que Agnes le rozaba los cabellos o la frente, el terror más punzante y ardiente se esparcía por todo su ser, silenciando los últimos rescoldos de calma que latían en su corazón.

Artemisa no podía recordar con nitidez lo que le había ocurrido. Sólo sabía que de repente se había despertado en la cabaña de Agnes. No podía evocar los momentos que habían formado parte de su reciente pasado. Era como si se hubiese quedado sin memoria.

Agnes notaba que Artemisa la temía cada vez más intensamente. Ser consciente de que su presencia la asustaba tanto la destrozaba, le aniquilaba el alma. Deseaba, cada vez con más desesperación, que aquellos momentos se terminasen cuanto antes, que llegase pronto el amanecer y que Gaya arrancase de su lado a Artemisa. No soportaba sentir el pavor que a Artemisa le invadía el alma cada vez que la miraba o la tocaba. No soportaba que Artemisa la observase con aquella desconfianza tan hiriente, tan gélida...

Sin embargo, lenta, pero repentinamente, Artemisa empezó a dejar de temerla en cuanto se percató de que lo único que Agnes anhelaba era ayudarla. Sus gestos, sus tiernas y profundas miradas y sobre todo la forma como de vez en cuando le hablaba la convencieron de que la mujer que se hallaba a su lado no se asemejaba en absoluto a aquélla que tanto la había intimidado. Era la Agnes que ella sabía que era, la Agnes que había conocido aquella mañana de primavera, la Agnes que estaba unida a ella a través de un lazo que había nacido más allá del tiempo.

Lo que tanto la asustaba era no poder moverse, era no poder entender qué le había ocurrido y sobre todo era ser cada vez más consciente de cuánto daño se habían hecho Agnes y ella, de cuánto habían destruido con la desconfianza que mutuamente se habían profesado la hermosa existencia en la que tan tiernamente podían haber existido.

     ¿Por qué no puedo moverme, Agnes? —le preguntó Artemisa desesperada mientras Agnes la ayudaba a acomodarse en su cama.

     Estás maliña, Artemisa. Tienes mucha fiebre —le contestó intentando parecer serena, luchando contra sus sentimientos para que su voz no los reflejase—; pero no te preocupes. Mañana estarás bien ya.

     Pero no sé qué me pasa. No me acuerdo de nada...

     Te encontré desmayada en el bosque —le explicó mientras se sentaba a su lado y le colocaba un paño húmedo en la frente—. Es muy probable que...

     No me dices la verdad, Agnes. Me ocultas...

     Has de descansar, Artemisa.

     Me matarás cuando menos me lo espere, ¿verdad? Sólo estás debilitándome para...

     Yo no quiero matarte, Artemisa. Yo nunca quise hacerte daño —le aseguró notando que las ganas de llorar que sentía se tornaban insoportables. Un nudo feroz le presionaba la garganta y los ojos ya se le habían llenado de lágrimas—. Lo único que deseo es que te cures, nada más. Mañana vendrá Gaya a buscarte.

     No te creo, Agnes, pero ya no me importa que quieras matarme, sinceramente. Ya no me queda nada en la vida —lloró Artemisa de repente. Agnes se quedó paralizada al oír el inmenso desconsuelo que teñía la dulce voz de Artemisa.

     Eso no es verdad, Artemisa. Aún te esperan muchos momentos hermosos. No te rindas, por favor. Al menos quédate tú en el mundo para que nuestro antiguo lazo no muera —le pidió casi inaudiblemente.

     Si no puedo volver a andar...

     Sí podrás, te lo prometo. Esto pasará. Sólo tienes fiebre.

     Agnes... Agnes... Agnes...

     Dime, Artemisa.

     Acércate más, por favor —le pidió musitando con una lástima indestructible.

En aquellos momentos, Agnes comprendió que se había resquebrajado por completo la impiadosa y terrible frontera que las había separado. Tanto Artemisa como ella tenían el alma llena de arrepentimiento, de miedo, de desesperación. Agnes incluso tuvo la sensación de que ninguna de las dos tenía pasado ya. Se había quebrado algo, algo que hasta entonces les había impedido mirarse con serenidad a los ojos. Agnes tuvo mucho miedo a que Artemisa sólo anhelase convencerla de que podía confiar en ella para después burlarse de sus sentimientos, pero entonces Agnes comprendió que ya no merecía la pena experimentar tanto pánico, ya no, y tampoco tenía sentido que se esforzase por aparentar que era esa mujer tan valiente que tanto intimidaba a Artemisa. Al fin, su verdadera identidad se mostraba completamente desnuda ante ella, ante aquella mujer para la que, en aquellos momentos, no quedaba ni la más remota estela de paz.

     Agnes, acércate...

Agnes miró con temor a Artemisa. Sólo la sutil llama de una delicada vela iluminaba con cuidado aquel instante, pero a Agnes le parecía que todo el esplendor de la vida se albergaba en los ojos de aquella mujer que la miraba tan suplicante y profundamente.

Cuando Artemisa notó que Agnes se hallaba un poquito más cerca de ella, alzó la mano y le acarició el rostro con un primor que estuvo a punto de desvanecerla. Agnes se preguntó dónde se albergaban esos momentos horribles en los que había notado que Artemisa sólo le profesaba desconfianza y rencor, en los que Artemisa la había temido como si ella fuese el ser más peligroso de la Tierra.

Artemisa advirtió que la luz de la tímida vela que quebraba las sombras que se acumulaban en los rincones de aquella silenciosa estancia se reflejaba en los tristes ojos de Agnes. Nunca se había hundido en una mirada tan exenta de aliento, tan callada y tan estridente sin embargo. Permaneció observándola tiernamente durante unos largos y densos momentos. Agnes notaba deslizarse por su piel los ardientes ojos de Artemisa y saber que analizaba con tanta minuciosidad su aspecto, sus gestos y su mirada volvía trémula su quietud; pero ya no le importaba que Artemisa detectase todos los sentimientos que le anegaban el alma. Poco a poco se convenció de que ya no tenía nada que esconderle, que, lentamente, se deshacían los secretos que las habían separado.

Artemisa se fijaba, sorprendida y enternecida, como si lo hiciese por primera vez, en las delicadas y hermosas facciones de Agnes. Deslizaba con calma los ojos por la curva de su mandíbula, los detenía unos instantes en su perfecta nariz, en sus mejillas pálidas, en sus cejas finas y oscuras, recorría con su mirada la forma de su ovalado rostro (el que estaba protegido por aquella melena nocturna, tan lisa y sedosa), ligeramente acariciaba con su mirada castaña sus bonitos labios... pero sobre todo adoraba asirse a sus profundísimos ojos negros. Cuando se asomaba a aquella mirada tan expresiva, tenía la sensación de que ante ella se abría un abismo sin fin que comunicaba directamente con el vientre de la Madre Tierra. Si se sumergía en los bellísimos ojos de Agnes, el mundo que la rodeaba se callaba, se apagaba la voz de su mente y su interior se quedaba en silencio. Y, como si jamás hubiese notado su poder, la beldad de Agnes la inundó siendo de repente la única corriente energética que se le esparcía por todo su ser. Ansió revelarle cuán preciosa le parecía, cuánto la fascinaba su atractiva imagen, pero sabía que podía destruir la titilante calma con la que Agnes permanecía a su lado si lo hacía.

     Siempre adoré el olor de tu cuerpo —le susurró queda y quebradiza, casi con distancia—. ¿Por qué no has vuelto a Galicia aún, Agnes? ¿Qué ha ocurrido?

Aquella pregunta fue un puñal que se le clavó en lo más profundo del corazón. No fue el significado de las palabras que Artemisa acababa de dirigirle lo que tanto la había herido, sino la forma como ella las había pronunciado; con una dulzura con la que hacía muchísimo tiempo que nadie le hablaba.

Supo entonces que Artemisa, en aquellos momentos, la percibía tal como era. No quedaba ya ningún secreto que ocultarle. Ya no merecía la pena que le mintiese. De repente Artemisa había deshecho los últimos rescoldos de fortaleza que protegían sus más desgarradoras emociones.

     Porque estoy muy enferma, Artemisa —le confesó notando cómo aquella realidad le agrietaba la voz. Hacía muchísimo tiempo que no convertía en palabras aquella certeza que tanto la aterraba—. Ni siquiera Galicia se merece descubrir que la persona que más la ama se halla tan desvanecida. Y sé que nunca regresaré, pues jamás me curaré, jamás...

     Eso no lo sabes, Agnes. Necesitas que te ayuden. Yo ya no puedo hacerlo.

     Yo jamás habría permitido que tú te mezclases con mi horrible existencia. Tú eres sólo luz y yo...

     Tú te mereces que te cuiden más que a nadie en el mundo.

     Eso no es verdad —lloró Agnes sin poder evitarlo.

     Escúchame, Agnes. Sé lo que ha ocurrido entre nosotras. Escúchame, por favor —volvió a pedirle cuando vio que Agnes se alejaba sutilmente de ella, de súbito aterrada—. Nadie conocerá la verdad que hemos vivido. Se malinterpretará todo lo que ha acaecido y ninguna de las dos tendrá ánimo para contradecir las horribles ideas que a todos les invadirán la mente, pero basta con que tú y yo sepamos lo que nos pasó. Basta con que nunca te olvides de que yo jamás quise hacerte daño. Y yo sé que tú tampoco...

     No es cierto...

     Simplemente estabas asustada. Creías que yo te odiaba y que había destruido el amor que todos sentían por ti, pero no es verdad, Agnes. Yo hace meses que no me encuentro bien, y no es por culpa tuya, pero nadie podrá reconocer esa verdad. Agnes, descubrí hace poco lo que sucedió. Sé quién fue quien nos enemistó, lo sé, pero ella tampoco tiene la culpa. Hay sentimientos que nos enloquecen y...

     Eres tan buena, Artemisa, tan amable, tan mágica y dulce...

     Agnes, yo tampoco estoy bien; pero te prometo que algún día todo esto pasará y podremos ser libres. Por favor, tú tampoco te rindas.

     Este momento es un sueño. De repente me despertaré y volveré a sentirme perdida en mi propia existencia y tú todavía me odiarás.

     Yo nunca te odié, Agnes —le aseguró con una voz anegada en impotencia—. Créeme, por favor. Se contarán tantas mentiras sobre ti... y lo que ha ocurrido ya es irreversible. De momento no se puede remediar hasta que pasen unos cuantos meses y ambas nos encontremos mejor.

     Tú te curarás, pero yo no, Artemisa.

     Mírame, Agnes —le pidió tomándola dulcemente de la barbilla—. Sé cómo eres. Y lo sé porque intuyo que ya te conocí en otro tiempo, pero esta vida ha sido tan dura, es tan horrible... No te mereces estar así, tan deshecha...

     Tú tampoco. Perdóname, por favor, Artemisa —le suplicó desmoronándose definitivamente. Las potentes ganas de llorar que en ningún momento la habían abandonado cayeron sobre ella tal como aquella intensa lluvia se derramaba sobre el bosque—. Por favor, perdóname, Artemisa. Perdóname, por favor. Quizás ésta sea la última oportunidad que tenga para pedirte perdón, para implorarte que no me guardes rencor. Perdóname, Artemisa, perdóname, perdóname, perdóname, te lo ruego. Yo no quería hacerte daño. No era yo, te lo juro, no era yo quien actuaba... pero no sé cuánto tiempo me durará esta lucidez. Yo ya no me merezco estar en este mundo ni en ninguna parte. Yo ya no me merezco vivir, Artemisa. Aunque tú seas capaz de perdonarme, aunque olvides lo que ocurrió entre nosotras, yo siempre me odiaré por haberte hecho tanto y tanto daño. No soportaré vivir con los horribles remordimientos que siento.

La triste confesión que Agnes acababa de hacerle la paralizó profundamente. Durante unos largos segundos, fue incapaz de pensar; pero, al fin, dejándose dominar por sus intensas emociones, con dulzura y a la vez desesperación, le indicó:

     No es verdad, Agnes. Si yo no te guardo rencor, si soy capaz de perdonarte, no tiene sentido que te odies. Escúchame, Agnes, cuando mañana lleguen Gaya y Gilbert, nuestra vida cambiará horriblemente, pero no será para siempre. Yo sé que ellos contarán su versión, que ellos nunca podrán saber lo que está sucediéndonos ahora. Esta noche será para todos un secreto que ni tú ni yo podremos romper jamás, pero no debes desalentarte, por favor.

     Mañana yo ya no estaré, Artemisa. Yo ya habré desaparecido.

     No, no es cierto.

     Sí lo es. Sé que mi cordura está a punto de morir, pero al menos... al menos pude hablar contigo sin que nos detuviese ninguna emoción asfixiante. Al menos pude pedirte perdón. Por favor, no me recuerdes como fui en esta vida.

     En esta vida eres maravillosa, Agnes —le aseguró con la voz llena de lágrimas—. Yo podré demostrarte alguna vez que lo eres.

Agnes no fue capaz de contestarle. La miró a través del denso velo de lágrimas que le cubría los ojos y le pareció que Artemisa brillaba como si fuese el cuerpo de la luna en la tierra, como si fuesen sus ojos el espejo en el que se reflejaban sus evanescentes y plateados rayos...

     Nunca te esfuerces por intentar convencer a Gaya de que yo jamás quise hacerte daño. No merece la pena que trates de destruir esa horrible y triste idea que ella tiene de mí, pues ni siquiera me merezco que me recuerden con amor. Y tampoco le expliques a nadie lo que ocurrió esta noche. Guarda en lo más profundo de tu alma todas las palabras que nos dedicamos para que nadie pueda despreciarlas ni negarlas —le pidió Agnes acercándose un poquito más a ella. Artemisa enseguida buscó sus manos y se las tomó con mucha dulzura.

     Puede que para muchos sean incomprensibles las emociones que ahora mismo me anegan el alma, pero hay un sentimiento que es invencible y que ni siquiera la maldad puede destruir. Eres tú quien debe perdonarme a mí. Fui débil. Yo jamás podré volver a ser fuerte, Agnes.

     Has de serlo.

     No fuiste tú quien me destruyó, Agnes, pero yo jamás podré culpar a nadie de nada. Yo tampoco supe actuar. Tendría que haber hablado contigo mucho antes de que todo esto sucediese, pero ahora ya es demasiado tarde.

     Mis errores ya no se pueden remediar. Son irreversibles.

     Y los míos también, pero no lo serán siempre, Agnes. Algún día...

     Quizás en otra vida...

Ninguna de las dos fue capaz de terminar aquella frase que ambas habían comenzado, en la que las dos creían de un modo similar que, sin embargo, no mitigaba la intensidad de la tristeza que les apretaba el alma. Ambas sabían que nada podría proseguir, que se habían terminado las oportunidades que habían tenido para luchar juntas contra los celos, contra las envidias, contra el rencor y la desconfianza con los que las habían separado.

     Debes descansar, Artemisa —le indicó muy suavemente soltando sus cariñosas y tibias manos; las que en esos momentos ardían como si se albergase bajo su piel la lumbre más indestructible.

     Tú también tendrías que...

Agnes sabía que para ella ya no quedaba ni la más sutil sombra de paz. Se había agotado todo el consuelo y la calma que pudiesen latir en el mundo para ella, pero no fue capaz de contradecir a Artemisa. Tras arroparla con mucho cariño, se apartó con impotencia de ella y después regresó al salón, donde la esperaba Némesis con el alma pendiéndole de un hilo que cada vez se tornaba más frágil.

Agnes notó que la impotencia que tanto le golpeaba en el corazón se apoderaba irrevocablemente de ella, intensificaba los agresivos suspiros de insania que hasta entonces se habían mantenido quedos en su mente y la desolaba como si jamás hubiese llorado. El odio que se profesaba a sí misma se le repartió por todo el cuerpo silenciando cualquier ápice de amor que pudiese musitar en su interior y se hundió en una oscuridad que despedazó la última estela de razón y de consciencia que le quedaba en el corazón. La noción de sí misma y de los momentos que vivía se deshizo como si nunca hubiese respirado y fue como si nada hubiese existido, como si su pasado sólo estuviese compuesto de vacío.

A partir de aquellos momentos, Agnes sólo podría recordar que Artemisa estaba tan enferma por culpa suya. Ni siquiera se sentiría capaz de aceptar que Artemisa la hubiese perdonado. Le parecería que aquellos dulces momentos que habían vivido habían formado parte sólo del sueño más ensoñado. No podían ser reales, no lo eran para ella ni para nadie.

Su enfermedad se adueñó definitivamente de ella, la lanzó al otoño más terrible que jamás había vivido, la hundió en la recaída más agresiva de su existencia. Aquella vez, la locura la esperaba en las sombras de la desesperación para destrozarle incesantemente el alma, dispuesta a no permitirle regresar de aquel mundo horrible en el que ella reinaba.

Y fue precisamente aquella noche, al alejarse de Artemisa, cuando Agnes notó que su alma se soltaba de las manos de la cordura. Olvidó lo que experimentaba, olvidó por qué Némesis todavía se hallaba a su lado, mirándola con mucho amor; mas se aferró a su presencia como si ésta fuese el último rayo de luz que podía refulgir en su vida.

De pronto, Agnes notó que el amanecer quebraba las sombras de aquella tormentosa noche. Ya había dejado de llover y el alba había llegado con pausa, intimidada por la forma como la naturaleza había sollozado, como si temiese herir el alma de aquel bosque que tanto había llorado, como cuando nos estremece acercarnos a alguien que se ha deshecho en un llanto inconsolable por si nuestra presencia de nuevo desfigura su serenidad.

De repente, alguien llamó con insistencia y severidad a la puerta de su cabaña. Enseguida Agnes recordó que Gaya le había asegurado que volvería junto a Gilbert. No obstante, evocaba aquellos momentos como si éstos nunca hubiesen formado parte de su existencia, como si perteneciesen a una memoria que no era la suya. Se movía guiada por una voluntad que no emanaba de su cuerpo, una voluntad perezosa que tornaba pesados y lentos sus gestos y ahondaba la oscuridad lacrimosa de sus ojos.

Agnes apenas podía comprender las palabras que Gaya le dirigía. Lo único que captaba era el tono de voz con el que ella le hablaba. Podía notar en su propia alma la decepción que anegaba el corazón de la sacerdotisa, pero no sabía qué podía decirle para serenarla. Era plenamente consciente de que todas las personas que la conocían tenían demasiados motivos para odiarla y querer destruirla.

     Dime cómo está Artemisa. Cuéntame cómo ha pasado la noche —le exigía mientras le presionaba las manos con fuerza—. Habla de una vez, Agnes.

     Artemisa está mucho mejor, pero no puede mover las piernas. No te preocupes. Se le pasará —le respondió con fragilidad—. Por favor, aléjala cuanto antes de mí.

     Por supuesto que lo haré, Agnes. Lo haré inmediatamente. Y, si no vine a buscarla antes, fue porque la naturaleza no me lo permitió, pero te aseguro que yo no habría consentido en que durmiese en tu cabaña.

     Lo entiendo, Gaya, no te preocupes.

Gaya soltó con repulsión las manos de Agnes y después se dirigió junto a Artemisa, quien en esos momentos oía estremecida la tensa y triste conversación que Gaya mantenía con Agnes. Podía captar nítidamente la intensa desolación que teñía la voz de Agnes y percibirla tan desvanecida le partía el corazón; pero se esforzó por ocultarle sus sentimientos a Gaya, quien, en cuanto la tuvo al alcance de sus brazos, la apretó muy tiernamente contra su pecho mientras le dirigía palabras muy dulces y cariñosas.

     Quiero que me cuentes todo lo que ha ocurrido, Artemisa —le pidió Gaya con mucha dulzura.

     Es que no lo sé, Gaya. No me acuerdo de nada —le contestó empezando a llorar. Agnes se preguntó si Artemisa era sincera con Gaya, pero enseguida supo que no merecía la pena que lo fuese—. Desde ayer no recuerdo nada...

     No te preocupes, cariño. Ahora vendrá Gilbert y te llevaremos a mi casa. Te curarás, te lo prometo.

     Agnes...

     En Agnes no debes volver a pensar en lo que te resta de vida, cielo. Olvida que existe.

     Ella también...

     Ella recibirá la ayuda que se merece si Gilbert acepta que está irrevocablemente enferma, pero tú no debes preocuparte por eso. Sólo piensa en ti. Céntrate en tu salud tanto física como anímica. Saldrás de esta depresión, Artemisa. Te lo prometo.

Agnes oía aquella conversación como si las mujeres que la mantenían no formasen parte de su vida. Le parecía que las voces que tan tiernamente sonaban cerca de ella emanaban de un mágico recuerdo, de un tiempo en el que no existían la tristeza ni el miedo.

De pronto, Agnes oyó que alguien se adentraba en su hogar. Sabía que era Gilbert, pero no se atrevía a mirarlo a los ojos. Notaba que le dedicaba una mirada anegada en desolación y lástima y no quería hundirse en unos ojos tan desesperados, tan oscuramente tristes.

Los acontecimientos que acaecían a su alrededor apenas quebraban su mutismo y la parálisis que se había apoderado de su cuerpo y de su alma. Agnes se mantuvo sentada en una silla, junto a la ventana, mientras Gilbert le formulaba preguntas que ella no sabía responder. Le parecía que Gilbert le hablaba en un idioma que ella no entendía, que jamás había oído mezclarse con su existencia. De vez en cuando, era capaz de reconocer las emociones que teñían la voz de Gilbert, pero enseguida aquella percepción se hundía en el mar de lejanía que había devorado su alma.

     Neftis vendrá a cuidar de Agnes mientras nosotros llevamos a Artemisa a tu casa —le explicó Gilbert a Gaya con delicadeza—. Sé que Neftis y Agnes no pueden ni verse, pero es lo único que se me ha ocurrido para evitar un desastre horrible. Agnes no debe estar sola.

     ¿Por qué? —le preguntó Gaya quedamente.

     Si se queda sola, se suicidará, Gaya. Tiene la peor crisis que ha padecido en su vida.

     ¿Y por qué quieres evitarlo, Gilbert? ¿Crees que merece la pena que Agnes siga viviendo?

     Fingiré que no he oído esa espantosa pregunta —le indicó retirándole sus ojos húmedos.

Con delicadeza y mucho amor, Gaya y Gilbert tomaron en brazos a Artemisa y salieron de aquella cabaña tan anegada en tristeza sin que Agnes ni siquiera los mirase por última vez. En esos momentos solamente podía oír la desesperada voz de sus sentimientos; los que se habían convertido en terribles sensaciones físicas. Le dolía el pecho como si alguien le hubiese hundido en el corazón una interminable espada y cada vez le costaba más respirar. Le parecía que su aliento se había convertido en fuego y había comenzado a desvanecerse.

De repente, al notar que estaba sola, cuidada únicamente por Némesis, se alzó de donde se hallaba sentada y buscó desesperadamente la olla que contenía aquella destructiva tisana de cicuta que había preparado hacía más de un día, pero no la encontró por ninguna parte; lo cual la desesperó muchísimo más. Anhelaba aniquilar su vida antes de que pudiesen apartarla del único fin que se merecía.

Sin embargo, con rapidez y agilidad, comenzó a componer otra infusión que la ayudaría a partir de la vida sin que nadie pudiese impedírselo. Némesis observaba sus movimientos como si Agnes no se hallase en su mismo mundo, como si le costase mucho comprender qué se escondía tras cada uno de sus gestos; pero, en cuanto descubrió que Agnes estaba a punto de ingerir aquel venenoso brebaje, se lanzó a ella y la golpeó ligeramente en el brazo con su cola, provocando que se derramase aquel líquido que tanto podía destruirla, y la miró desesperadamente, aunque, de repente, incluso Némesis dudó de que mereciese la pena rescatar continuamente a Agnes de la profunda locura que se había adueñado de su mente.

Justo entonces Neftis se introdujo en su cabaña. No le apetecía en absoluto acompañar a Agnes en aquellos momentos tan horribles e incluso se planteó la posibilidad de fingir que había tenido algún percance por el camino y que no había llegado a tiempo de evitar que Agnes se suicidase; pero entonces recordaba siempre todos los momentos mágicos que había compartido con ella, evocaba el amor que había sentido por aquella mujer que se había hundido en una oscuridad ya en exceso irreversible... y se apiadaba de ella, de su torturada alma.

     ¡Agnes! Pero ¿qué haces? —le preguntó desesperada cuando aspiró el olor de la tisana que Agnes pretendía ingerir; de la cual apenas quedaban unas gotas en la taza que sostenía—. Suelta eso, Agnes.

Neftis reparó en que Agnes no comprendía sus palabras. Ni siquiera la oía y estaba segura de que en absoluto percibía su presencia. No le costó arrebatarle de la mano aquella taza que contenía aquella horrible infusión. Limpió rápidamente el líquido que se había esparcido por el suelo y también por la ropa de Agnes y después se sentó a su lado. La tomó delicadamente de la mano y la miró profundamente a los ojos; pero al instante se convenció de que Agnes no estaba allí, no se hallaba junto a ella ni tampoco en su misma realidad.

     Qué lástima, Agnes, qué inmensa lástima siento por ti... —le dijo con plena sinceridad, notando que aquellas palabras le llenaban el alma de unas indestructibles ganas de llorar—. No es justo que estés tan enferma, pero ya no podemos hacer nada por ti... Me apena que ni siquiera ahora puedas oírme. Me gustaría que supieses que me arrepiento de haberme comportado tan cruelmente contigo. Yo soy la única culpable de todo lo que ha ocurrido, pero nadie lo sabrá jamás. Yo te amé tanto, Agnes... y ahora no eres ni la sombra de la mujer que yo tanto quise. Y amo tanto a Artemisa... La amo mucho más de lo que te amé a ti, porque el amor que yo te profesaba era enfermizo, como todo lo que tú inspiras y puede emanar de ti, supongo. En cambio, el que le dedico a Artemisa es tan puro y mágico... Tal vez no tendría que haberte conocido nunca, Agnes, pero ya es demasiado tarde para remediar nada. Gilbert te llevará a su casa e intentará curarte, pero todos sabemos, incluso él, que tu enfermedad no sanará jamás, no se cerrarán nunca las heridas que te hienden el alma...

     No me importa nada de lo que me digas, Neftis —le dijo Agnes de repente. Su voz sonó desalentada, sin vida, tristísima—. Ya nada me importa.

     ¿Puedes oírme? —le preguntó inquieta y asustada.

     Sí, por supuesto; pero mis momentos de cordura son muy efímeros. Eso tampoco me importa. Me gustaría desaparecer para siempre. ¿Por qué no me ayudas a morir? Debería esfumarme cuanto antes. Será lo mejor para todos. Ayúdame a morir, Neftis. Sólo has de...

     Némesis es la única que puede matarte, y creo que jamás lo haría. Te mira ahora con tanta pena, con tanto cariño...

     Me separarán de ella. Sé que la odias, pero, por favor... cuídala, Neftis —le pidió arrancando a llorar—. No permitas que le hagan daño, por favor; a ella no, a ella no... Por favor, protégela. Ella es muy boíña, es muy mágica...

     Agnes, no puedo hacerte una promesa que jamás cumpliré. Yo no soporto las serpientes.

     No te pido que vivas con ella. Sólo quiero que la cuides, que impidas que la alejen de este lugar. Yo ya no podré estar con ella. Yo moriré dentro de poco y ella se quedará tan soíña... Por favor, no la abandones. Neftis, Némesis me quiso como nadie...

La desesperada y triste forma como Agnes le hablaba la desolaba profundamente, pero no podía calmarla. Era plenamente consciente de que Gilbert no permitiría que Némesis viviese cerca de Agnes. Gilbert le había explicado que lucharían por devolver a Némesis al lugar del que nunca deberían haberla alejado. Aquellas tierras no podían ser su hogar.

     Némesis estará bien dondequiera que se halle, Agnes. Nadie va a hacerle daño.

     No es verdad.

     Sí lo es. Anda, cálmate.

     Yo no quiero abandonarla, pero no puedo cuidarla. Sé que, si sigue a mi lado, mi oscura energía la matará.

Neftis no era capaz de contradecir a Agnes. Creía que tenía razón, que aquéllas eran las palabras más lógicas que pronunciaba en muchísimo tiempo. Permaneció junto a ella, acariciándole y presionándole las manos de vez en cuando, alentándola con palabras que cada vez sonaban más sutilmente para Agnes, hasta que, al fin, regresó Gilbert, portando en su mirada y en su voz el fin de aquella vida y el comienzo de un camino que nadie se sentía capaz de recorrer, trayendo en su desalentado gesto una oscuridad que desvaneció por completo cualquier haz de esperanza que pudiese refulgir en el corazón de Agnes. Y entonces empezó a temblar la tierra, su mundo, su alma, su realidad.